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viernes 2 de diciembre de 2011

Santos Mártires y campeones de la fe

Ciudad del Vaticano, 2 Dic. 11 (AICA)

"Los martyria y los campeones de la fe”, fue el tema de la XVI sesión pública de las academias pontificias, que se celebró este miércoles en el aula magna del palacio San Pío X en Roma, y en el transcurso de la cual se entregó el Premio de las Pontificias Academias que confiere el Santo Padre a jóvenes investigadores, artistas o instituciones que se hayan distinguido en la promoción del humanismo cristiano.

Durante el acto el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado vaticano, leyó el mensaje enviado por Benedicto XVI al cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo para la Cultura y del consejo de coordinación entre las academias.

En el texto el Papa dice que el tema de la sesión ofrece la oportunidad para reflexionar sobre la historicidad del cristianismo y su entrelazarse continuamente con la historia para “transformarla en profundidad gracias a la levadura del Evangelio y de la santidad vivida y testimoniada”.

En este sentido reviste un interés especial la vida de las antiguas comunidades cristianas y, entre los lugares arqueológicos que guardan signos de su presencia, Benedicto XVI destaca Tierra Santa “ámbito por excelencia donde buscar signos históricos de la presencia de Cristo y de la primera comunidad de sus discípulos” y la ciudad de Roma donde sobre todo las catacumbas “atestiguan que la comunidad cristiana, desde los orígenes, exaltaba la figura de los campeones de la fe, como modelo y punto de referencia para los bautizados”.

“Los numerosos monumentos y obras de arte dedicadas a los mártires, documentados por la investigación arqueológica y otras investigaciones, son el resultado de una convicción siempre presente en la comunidad cristiana de ayer como en la de hoy: el Evangelio habla al corazón del ser humano y se comunica sobre todo a través del testimonio vivo de los creyentes”, resalta el pontífice.

“Si observamos con atención –continúa el Papa- el ejemplo de los mártires, de los valientes testigos de la antigüedad cristiana, como de los numerosos testigos de nuestra época, nos damos cuenta de que son personas profundamente libres, libres de compromisos y de lazos egoístas, conscientes de la importancia y la belleza de su vida y, precisamente por eso, capaces de amar a Dios y a los hermanos de forma heroica, trazando la medida alta de la santidad cristiana”.

“También hoy la Iglesia, si quiere hablar al mundo con eficacia, si quiere seguir anunciando fielmente el Evangelio y hacer sentir su presencia amistosa a los hombres y mujeres que viven sintiéndose ‘peregrinos de la verdad y de la paz’, tiene que ser –incluso en los contextos aparentemente más difíciles o indiferentes al anuncio evangélico- testigo de la credibilidad de la fe. Es decir, tiene que ofrecer testimonios concretos y proféticos mediante signos eficaces y transparentes de coherencia, de fidelidad y de amor apasionado e incondicional a Cristo, inseparable de la caridad y del amor por el prójimo”.

“Hoy como ayer la sangre de los mártires, su testimonio tangible y elocuente, toca el corazón del ser humano y lo vuelve fecundo, capaz de que brote de él una vida nueva, de acoger la vida del Resucitado para llevar resurrección y esperanza al mundo”.

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